lunes, 18 de junio de 2018

Teatro: Sócrates en la escuela



Visita de Sócrates a la clase de filosofía

Están los alumnos de Filosofía con el profesor en clase.
-Profesor: Sócrates fue uno de los más importantes filósofos griegos. Era un hombre bajo, con ojos saltones, bastante pobre, que vivió en Atenas en los finales del siglo V aC, murió en el año 399. Era hijo de una partera y vamos a ver que el refiere que esto tuvo que ver con la manera en que él conversaba con las personas en la ciudad. Participó en el sitio de Potidea (que se había sublevado contra Atenas) y en la batalla de Delio, en el año 414 aC. Sócrates fue testigo del esplendor de Atenas y luego de su decadencia y del paso de la supremacía griega a manos de los espartanos. En el año 431 aC inició la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta con la victoria de esta última y la instalación de un gobierno oligárquico “El gobierno de los treinta tiranos” que fue derrocado en el año 403 aC y permitió la restauración de la democracia, que sin embargo asumirá frecuentemente formas de demagogia.
Sócrates fue un ejemplo de unidad entre pensamiento y acción, justamente en una época en donde todos creen saberlo todo, o poder enseñarlo todo, discutir todo, sin importar la verdad y la justicia de los que dicen… tal vez hay muchas coincidencias con nuestra época… y curiosamente Sócrates proclama su propia ignorancia: “sólo sé que no sé nada”. Sócrates entiende que el Dios, Apolo, le ha encomendado la tarea de examinar a los hombres para recordarles el carácter precario de todo el saber humano y librarlos de la ilusión del falso saber…

(Se abre la puerta y entra Sócrates vestido con una túnica blanca y sandalias)

-Buenos días, me disculpo por la irrupción en su conversación, les ruego que no penséis mal de mí,  les pido que me permitan pasar un rato con ustedes…
-Pero ¿quién es usted?...
-Me llamo Sócrates… es un poco complicado de explicar… desde que dejé a mis discípulos, desde que tomé la cicuta en esa celda de Atenas, los dioses me han permitido, no ya andar por la ciudad de Atenas conversando con la gente, sino andar por ciudades y tiempos distintos, a los que llego y visito a las personas que me convocan recordándome… la verdad es que he andado muy ocupado todo este tiempo y hoy he llegado hasta aquí… les ruego que no me pregunten cómo he llegado porque no sabría cómo explicároslo. Pero ya he hablado mucho y quisiera escucharlo a ustedes…
Le pregunta a un alumno
S _¿Cómo estás tú joven, cómo te llamas?
A _ Ezequiel y estoy aburrido
S – Oh! qué interesante que lo sepas con tanta certeza, yo mismo no sé en verdad qué es el aburrimiento ¿podrías decirme qué es?
-Es lo contrario de divertido…
-Ah!¿cómo es eso?
- Bueno, cuando estás en ciertos lugares, por ejemplo en la escuela, eso es aburrido …
- Ah ¿entonces me dices que el aburrimiento es algo que “pertenece” a ciertos lugares?
- Sí, puede ser.
-Entonces ¿cuáles serían esos lugares?
-Y, la escuela, la cola en el banco, la casa de mi tía, por ejemplo…
- Entonces ¿queréis decirme que nunca hacer una cola en el banco podría no ser aburrida?
-Sí, no imagino cómo no lo sería.
-Imagínate que estás en la cola esperando tu turno y ves acercarse a la chica que más te gusta y justo se para atrás tuyo a esperar en la misma cola y empiezan a hablar ¿no desearías que la cola no avanzara nunca y el tiempo se te pasa volando?
-Creo que sí… ojalá pasara… (risas y chistes de los compañeros)
-¿Y eso sería aburrido?
-No, eso sería fantástico…

miércoles, 14 de marzo de 2018

El corazón de piedra verde - Salvador de Madariaga


EL CORAZÓN DE PIEDRA VERDE (1942)
SALVADOR DE MADARIAGA
 

Libro I
LOS
FANTASMAS

CAPÍTULO I
EL REY NEZAHUALPILLI TIENE UNA HIJA

Cuando vinieron a decir al rey Nezahualpilli que su mujer Xochotzincatzin o Pezón-de-Fruta le había dado una hija, su rostro permaneció inmóvil ocultando con su impasibilidad la profunda alegría que inundaba su corazón. En su otra mujer, hermana mayor de Pezón-de-Fruta, así como en las cuarenta y tantas mujeres que entre sus dos mil concubinas solía frecuentar, Nezahualpilli había sembrado y recogido ya más de cien hijos e hijas. Pero Pezón-de-Fruta no era sólo una de sus mujeres legítimas, hijas de Tizoc, emperador de Méjico, sino también la primera y única mujer que había amado de verdad. Su primer impulso fue ir a consultar las estrellas para indagar cómo estaban dispuestas a acoger a aquella nueva alma que comenzaba su peregrinación en nuestro oscuro y cenagoso planeta. El rey Nezahualpilli era gran estrellero, y hasta los sacerdotes que regían el calendario astrológico, distinto del calendario cívico entre los aztecas, respetaban su ciencia. Entre el pueblo, la familiaridad en que vivía con los misterios celestes le había valido fama de mago y hechicero, muy contraria, por cierto, a su espíritu racionalista; de modo que el más humano de los aztecas pasaba entre el vulgo por capaz de encarnar a voluntad en el cuerpo de un tigre, de un león o de un águila. La hija del rey había nacido en 1500 de la era cristiana, año 3–Cuchillos de la era azteca, signo nada tranquilizador, pues los cuchillos tenían relación con el norte, de donde solían venir los enemigos que atacaban el imperio, y además con el color rojo, con la sangre y con el fuego. El signo del mes mágico era ceacatl o 1–Cañas, generalmente considerado como de mal agüero en la astrología mejicana por estar sometido al capricho de Quetzalcoatl o Serpiente de Plumas, dios del viento; los nacidos bajo este signo eran personas de mala suerte condenadas a que el viento se llevase en sus ráfagas locas todo aquello en que ponían su empeño y su deseo. Pero el rey sabía que esta tendencia maligna del mes 1–Cañas no era absoluta y que tenía días faustos. Los sacerdotes recomendaban que los niños nacidos en una de las primeras seis «casas del mes no se «bautizasen» hasta el séptimo día o, mejor todavía, el octavo, llamado «ChicueXóchitl» (Ocho Flores). Ahora bien, la hija del rey había nacido precisamente en este octavo día de Ocho Flores, y además, en el calendario cívico, el día resultaba ser el vigésimo del mes, y llevaba por lo tanto el nombre de Xóchitl o Flor. El rey mandó, pues, que se bautizase a la niña sin tardanza llamándola Xóchitl.

domingo, 15 de octubre de 2017

¿Qué son las palabras?


DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS  - TITO  LUCRECIO  CARO
LIBRO IV

(…)
Así que las palabras y las voces
 Constan de corporales elementos,
 Supuesto que nos pueden hacer daño.
 Bien sabes tú cuánto destruye el cuerpo,
 Cuánto se debilitan fuerza y nervios   750
 De los que conversaron largamente
 Desde que asoma la brillante aurora
 Hasta la sombra de la obscura noche,
 Si ha sido la disputa acalorada.
 Es corpórea la voz, puesto que pierde
 El parlero gran parte de substancia.
 La aspereza de voz y la dulzura
 Nacen de la figura de los átomos;
 Pues no hieren lo mismo los oídos
 Cuando los graves y profundos toques   760
 Oímos del clarín, y en ronco estruendo
 Retumban las bocinas retorcidas,
 Y los cisnes nacidos en los valles
 Frescos del Helicón con voz de llanto
 Entonan sus lamentos, armoniosos.
(…)

Tito Lucrecio Caro: (99 - 55 aC.) Poeta y filósofo romano, autor de un único texto que se conozca: el poema didáctico De rerum natura, De la naturaleza de las cosas, publicada por Cicerón. La obra recoge y vulgariza en gran medida la doctrina materialista de Epicuro, según la cual el mundo está constituido por átomos, elementos indivisibles que, por ser extremadamente tenues, escapan a nuestros sentidos y cuyo número es infinito.
Los seis libros del poema están dispuestos por parejas: los dos primeros corresponden a la física atomista; el tercero y cuarto a la psicología y los dos últimos están dedicados a la historia del cosmos y de la humanidad. Es un total homenaje a Epicuro, como lo demuestra al comienzo de cada libro.

Tanto Giordano Bruno como Gassendi estudiaron a través de su obra el epicureísmo. Influyó en personas tan dispares como Hobbes, Vico o Milton. Actualmente, se le reconoce como una de las voces más auténticas y profundas de toda la poesía clásica.

lunes, 26 de junio de 2017

Un poema

Aciertos


Que la ciencia se puede aprender de memoria,
pero la sabiduría, no, como opinaban Tristram Shandy
y Laurence Sterne, me parece cierto, como cierta
la historia que relató Pablo López:
La luna se levantó sobre el mar donde navegaban
los piratas. La luna era un plato de leche que bebía
un gato, el gato de Axelle,
y cierto eso de Ortega y Gasset:
el ciprés es como el espectro de una llama muerta,
de Dalmiro Sáenz:
El envase de nuestra idea es parte de nuestra idea,
de William Shakespeare:
¿Acaso es posible dorar el oro, pintar el lirio
o perfumar la violeta?,
de Orlando González Esteva:
Las palabras son islas
fabulosas, dispersas
en el mar del silencio,
de T. S. Eliot:
los últimos dedos de las hojas
se aferran y se hunden en la ribera húmeda,
de Yevgeny Yevtushenko:
Cae la nieve pura como
si resbalara por hilos,
y de Breyten Breytenbach:
Al mar no podemos regresar
el mar ha envejecido
muestra arrugas blancas y espuma alrededor de los labios.

Rubén L. Makinistian - Todo es prestado, 2012


sábado, 4 de febrero de 2017

El equilibrista - Steven Galloway


Uno

El viento es constante y sopla frío en la cara y las manos de Salvo Usari, pero no lo desanima. Mete una mano en el bolso que lleva a la cintura, saca un poco de talco de bebé y se frota las dos manos. Además de la finalidad práctica de impedir que se le escape la vara de 35 kilos que lleva para mantener el equilibrio, el talco tiene un olor especial que le recuerda el pasado, las caminatas que hacía media vida atrás, a sus hijas mellizas cuando eran unas criaturas pequeñas y chillonas, y a su esposa después de bañarse.
Salvo sonríe mientras uno de esos momentos inunda su conciencia. Hace unos cuarenta años; sus hijas tienen apenas dos años, y su esposa acaba de ponerlas a dormir. Salvo está acostado de espaldas, tratando de extender un tendón de la pierna que ha forzado sin necesidad. Siente la punzada de dolor; ve las piernas de su esposa que pasan junto a él, pálidas y fantasmales apariciones, y la sigue con la mirada mientras ella cruza la habitación y se sienta en el borde de la ventana. Las luces de la calle la iluminan desde atrás, la hacen brillar, y Salvo recuerda cuán conmovedoramente hermosa puede ser su esposa.
Una ráfaga de viento lo hace volver a la realidad. “Éste no es el momento –se dice-. Ya no eres joven; es mejor que te concentres en tu tarea.”
A los 66 años, a Salvo le han dicho que es una locura intentar caminar por el cable entre las dos torres gemelas del World Trade Center de Manhattan. Salvo está de acuerdo en parte con esta opinión, pero eso no hace ninguna diferencia. Por supuesto que tiene miedo, por supuesto que conoce el peligro –pocos han sufrido más que él como resultado de caminatas que salieron mal-, pero eso no tiene importancia. Es el miedo lo que le permite saber que está cuerdo; el día que no tenga miedo será el día en que ya no camine más por el cable. Sabe que puede hacer esta caminata en el aire.
Salvo está erguido a 400 metros por encima del suelo. Ésta es la caminata a mayor altura que Salvo haya hecho, pero la altura no tiene importancia; uno se muere igual si se cae de 12 metros que de 400. Conocedor de la distancia, Salvo ha caminado por cables dos y hasta tres veces más extensos, lo cual es difícil, porque cuanto más largo es el cable de acero, mayor es el peligro de que se corte. Un cable muy largo puede aflojarse en el medio, y una de las cosas más difíciles es caminar por un cable que se inclina hacia abajo. Por lo menos Salvo tiene el consuelo de caminar solo. Él es el único responsable del resultado del intento de hoy.
Por su esfuerzo, Salvo recibirá 20.000 dólares, pero la compañía de seguros del agente se ha negado con firmeza a cubrir al equilibrista; la póliza solo cubre los daños que Salvo pudiera ocasionar si cayera sobre alguien o algo.
La zona de abajo del cable ha sido despejada. Desde donde Salvo está erguido, con los dedos de los pies curvados sobre el borde del edificio, apenas se ve a la policía montada, encargada de controlar a la gente, y la muchedumbre es una mancha borrosa. No le gusta que su público esté tan lejos. Sin la cercanía de la gente, sin el apoyo de su energía, el cable es un lugar solitario. El único consuelo para Salvo es que, como ha actuado tantas veces, sabe instintivamente cómo reaccionará la gente, puede imaginarlos con la misma claridad que si estuviera a cinco metros.
Salvo recibe la señal para empezar. Respira profundamente, se concentra y eleva una silenciosa plegaria. A lo largo de tantos años ha visto suficientes cosas como para saber que la habilidad y la suerte no bastan para llegar al otro extremo del cable de acero. Para sobrevivir necesita tener a Dios de su lado. Al menos pide que sea una presencia benigna; lo último que quiere es tener a Dios en su contra.

martes, 19 de julio de 2016

Un poema de Rubén Makinistian


Aprendí II

Alan miró a Ingmar, y éste leyó a aquél.

Yo, como Bergman, leí a Watts,
y, como éste, miré a aquél...
y, gracias al espíritu docente de ambos, aprendí:
que si el viento se detuviera para que nos 
apoderáramos de él, dejaría de ser viento;
que retando a jugar al ajedrez a la muerte
se gana tiempo para ejecutar aunque más
no sea un acto que le dé sentido a la vida;
que no hay libertad personal hasta tanto
no abolimos las circunstancias y las ilusiones;
que las relaciones nacen torvas, amenazantes, 
o se deterioran, porque en vez de decirnos
optamos por el silencio, los gritos, los susurros;
que el único gurú que nos trampea,
y que puede que no lo haga, es uno mismo;
que los agravios recibidos de niño nunca se olvidan;...

(Maurice Maeterlinck me enseñó
que hay pájaros azules;
María Zambrano, que en el principio era el delirio;
y Paul Celan, que la poesía puede ser suficiente
-Una red atrapó a una red:
nos separamos abrazados.

En el manantial de tus ojos
un ahorcado estrangula la cuerda-
para tachar el dolor.)

Rubén León Makinistian. Del libro Todo es prestado.

jueves, 28 de enero de 2016

Los justos - Hernán Casciari




Los miércoles a las nueve de la noche, hora de Nueva York, la cadena norteamericana ABC emite una serie de televisión que me gusta. A esa misma hora un mexicano llamado Elías, dueño de un vivero en Veracruz, la está grabando directamente a su disco rígido, y tan pronto como acabe subirá el archivo a Internet, sin cobrar un centavo por la molestia. Tiene esta costumbre, dice, porque le gusta la serie y sabe que hay personas en otras partes del mundo que están esperando por verla. Lo hace con dedicación, del mismo modo que trasplanta las gardenias de su jardín para que se reproduzca la belleza.
A las once de la noche de ese mismo miércoles, Érica, una violinista canadiense de venticuatro años que ama la música clásica, baja a su disco rígido la copia de Elías y desgraba uno a uno los diálogos para que los fanáticos sordomudos de la serie puedan disfrutarla; distribuye esos subtítulos en un foro tan rápido como puede. No cobra por ello ni le interesa el argumento: lo hace porque su hermano Paul nació sordo y es fanático de la serie, o quizás porque sabe que hay otra mucha gente sorda, además de su hermano, que no puede oír música y debe contentarse con ver la televisión.
A las 3:35 de la madrugada del jueves, hora venezolana, Javier baja en Caracas la serie que grabó Elías y el archivo de texto que redactó y sincronizó Erica. Javier podría ver el capítulo en idioma original, porque conoce el inglés a la perfección, pero antes necesita traducirlo: siente un placer extraño al descubrir nuevas etimologías, pero más que nada le place compartir aquello que le interesa. Para no perder tiempo, Javier divide el texto anglosajón en ocho bloques de tamaños parecidos, y distribuye por mail siete de ellos, quedándose con el primero.
Inmediatamente le llega el segundo bloque a Carlos y Juan Cruz, dos empleados nocturnos de un Blockbuster bonaerense que suelen matar el tiempo jugando al ajedrez, pero que ocupan los miércoles a la madrugada en traducir una parte de la serie, porque ambos estudian inglés para dejar de ser empleados nocturnos, y también porque no se pierden jamás un capítulo.
El tercer bloque de texto lo está esperando Charo, una ceramista de Alicante que está subyugada por la trama y necesita ver la serie con urgencia, sin esperar a que la televisión española la emita, tarde y mal doblada, cincuenta años después. El cuarto bloque lo recibe María Luz, una tipógrafa rubia y alta que trabaja, también de noche, en un matutino de Cuba: María Luz deja por un momento de diseñar la portada del diario y se pone rápidamente a traducir lo que le toca. Dice que lo hace para practicar el idioma, ya que desea instalarse en Miami.
El quinto bloque viaja por mail hasta el ordenador de Raquel y José Luis, una pareja andaluza que vive de lo poco que le deja una librería en el centro de Sevilla. Llevan casados más de venticinco años, no han tenido hijos, y hasta hace poco traducían sonetos de Yeats con el único objeto de poder leerlos juntos, ella en un idioma, él en otro. Ahora, que se han conectado a Internet, descubrieron que además de buena poesía existe también la buena televisión.
El sexto bloque le llega a Ricardo, en Cuzco: Ricardo es un homosexual solitario -y muchas noches deprimido- que traduce frenéticamente mientras hace dormir a su gato Ezequiel. El séptimo lo recibe Patrick, un inglés con cara de bueno que viajó a Costa Rica para perfeccionar su español, lo desvalijó una pandilla casi al bajar del avión pero igual se enamoró del país y se quedó a vivir allí. Y el octavo bloque le llega, al mismo tiempo que a todos, a Ashley, una chica sudafricana de madre uruguaya que es fanática de la serie porque le recuerda (y no se equivoca) a su libro favorito: La Isla del Tesoro.
Los ocho, que jamás se han visto las caras ni tienen más puntos en común que ser fanáticos de una serie de la televisión o de un idioma que no es el materno, traducen al castellano el bloque de texto que le corresponde a cada uno. Tardan aproximadamente dos horas en hacer su parte del trabajo, y dos horas más en discutir la exactitud de determinados pasajes de la traducción; después Javier, el primero, coordina la unificación y el envío a La Red. Ninguno de los ocho cobra dinero para hacer este trabajo semanal: para algunos es una buena forma de practicar inglés, para otros es una manera natural de compartir un gusto.
A esa misma hora Fabio, un adolescente a destiempo que vive en Rosario, a costas de sus padres a pesar de sus 23 años, encuentra por fin en el e-mule la traducción al castellano del texto. Con un programa incrusta los subtítulos al video original, desesperado por mirar el capítulo de la serie. A veces su madre lo interrumpe en mitad de la noche:
-¿Todavía estás ahí metido en Internet, Fabio? ¿Cuándo vas a hacer algo por los demás, o te pensás que todo empieza y termina en vos?
-Tenés razón mamá, ahora mismo apago -dice él, pero antes de irse a dormir coloca el archivo subtitulado en su carpeta de compartidos para que cualquiera, desde cualquier máquina, desde cualquier lugar del mundo, pueda bajarlo. Fabio jamás olvida ese detalle.
Los jueves suelo levantarme a las once de la mañana, casi a la misma hora en que Fabio, a quien no conozco, se ha ido a dormir en Rosario. Mientras me preparo el mate y reviso el correo, busco en Internet si ya está la versión original con subtítulos en español de mi serie preferida, que emitió ocho horas antes la cadena ABC en Estados Unidos. Siempre (nunca ha fallado) encuentro una versión flamante y me paso todo el resto de la mañana bajándola lentamente a mi disco rígido, para poder ver el capítulo en la tele después de almorzar. Mientras espero, escribo un cuento o un artículo para Orsai: lo hago porque me resulta placentero escribir, y porque quizás haya gente, en alguna parte, esperando que lo haga.
El artículo de este jueves habla de Internet. Dice, palabras más, palabras menos, algo que hace venticinco años dijo Borges mucho mejor que yo, en un poema maravilloso que se llama Los Justos:

    Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
    El que agradece que en la tierra haya música.
    El que descubre con placer una etimología.
    Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
    El ceramista que premedita un color y una forma.
    Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
    Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
    El que acaricia a un animal dormido.
    El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
    El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
    El que prefiere que los otros tengan razón.
    Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Una navidad - Truman Capote



Una Navidad   
Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa -quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo-bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".
¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Un cuento de Rubén L. Makinistian

Amin Rahmin, Isaías Peres 

y Aldo de la Fuente

Nacieron en Córdoba, Andalucía, en el año 962.

Criados en las costumbres de sus respectivas culturas, les fueron prohibidas las amistades con niños de credos diferentes. No obstante, esto no impidió que ellos, a ocultas de sus familiares, se convirtieran en amigos entrañables.
Cuatro siglos más tarde, destacaron en el mundo intelectual español.

***   
Cuando tenían doce años, Amin, Isaías y Aldo tuvieron un encuentro cercano del cuarto tipo; esto es, fueron abducidos por extraterrestres.
Su secuestro, medido en tiempo del interior del ovni, fue de veinticuatro horas; medido en tiempo terrestre, de cuatro siglos.
*** 
Fueron liberados dormidos, siendo hombres cursando sus cuarentas.
Al despertar, se encontraron acostados sobre paja en un establo precario, con su nuevo aspecto y con que no recordaban nada de su vida previa salvo que eran amigos, cómo se llamaban y que, cuando chicos, jugando en el campo, habían sido enfocados por un rayo de luz más brillante que los del sol.
Se levantaron, salieron al día, comieron uvas de una vid vecina y se lanzaron a caminar sin rumbo. Así, llegaron a una ciudad que resultó ser Salamanca, donde, sin saber por qué, se dirigieron a la universidad.
En ella descubrieron que se los estaba esperando para que disertaran. Amin subió al estrado sin tener la más mínima idea de cuál tema podía abordar, pero habló de metafísica; lo propio le pasó a Isaías, pero habló de lógica; y otro tanto le ocurrió a Aldo, pero habló de algo que desconcertó a todos: de la existencia de vida inteligente en otros planetas.
Santiago Pacheco, el rector de la universidad, les ofreció cátedras y ellos aceptaron.
*** 
Transcurridos algunos días, los amigos comenzaron a recordar la extraña experiencia que habían vivido...
*** 
Transcurridos algunos meses, Pacheco los citó en su despacho y, cuando los tuvo ante sí, se desenmascaró. Ellos vieron que su rostro era como el de los alienígenas que habían conocido en la nave.

Makinistian, Rubén. Ficcionario (2009)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

un cuento de Rubén L. Makinistian



Vamos, vejete... no seas quisquilloso

El otro día, al salir de la sesión de terapia familiar Sharon, Ringo y yo, subimos al auto y les dije malhumorado:
-Ésta fue mi última vez.
Sharon me dijo:
-No me extraña, porque el psicólogo defendió a tu hijo.
-Me importa un cuerno si lo defendió o no. No vengo más.
Ringo me dijo:
-Vamos, vejete... no seas quisquilloso.
-No me rompás, que te tengo entre ceja y ceja.
Sharon me dijo:
-No te la agarrés con el nene, que no te hizo nada.
-No... salvo obligarme a venir a terapia.
-¡Él no te obligó!
-Ah, ¿no? ¿Y quién hizo las boludeces que hizo en la escuela?
Ringo me dijo:
-No fue para tanto, viejo. Es la preceptora, que no tiene onda.
-¡Por supuesto, porque vos sos un santo!
Sharon me dijo:
-No, no es un santo, pero tampoco es un adulto.
-Me chupa lo que sea o no sea. Lo único que sé es que acá no vuelvo.
Ringo me dijo:
-Te ricordo, viejito, que la que nos mandó a hacer terapia fue la rectora.
-¡Y a mí qué! ¡Sos un pelotudo!
Sharon  me dijo:
-¡No te zafés! ¡Cuidá la boca!
-¡Y vos terminala de una vez con eso de estar siempre metida entre él y yo!
Ringo me dijo:
-En esta época, a mi edad aún se es una criatura, viejito.
-¡Parala con el viejo, viejito, vejete... que me las tenés hasta las rodillas!
Sharon le dijo:
-No le contestes, bebé. Está descontrolado.
Le dije a Ringo:
-Hacele caso a mami, bebé, no me contestes que estoy descontrolado.
Ringo me dijo:
-Te ponés nervioso y después te hace mal, te da acidez.
-No me pongo nervioso... ¡me ponen nervioso ustedes, vos y tu madre!
Sharon me dijo:
-Escuchalo a Ringo... calmate.
Les dije:
-No vengo más... No me lo pidan porque no vengo más.
Ringo me dijo:
-¿Y si te psicoanalizás, viejo?
-¿Y si te vas a cagar, pendejo?
Sharon nos dijo:
-Sigan, sigan... total yo soy la que paga los platos rotos.

Del libro Cuentos del baúl/Un poema, 2015